
Hay días en que añoro aquella época en la que la mayor tristeza que uno podía imaginar era ser elegido el último para el equipo de fútbol en el recreo. Cuando todo era más simple y no había de por medio tantas complicaciones, tantos matices, tantas formas de comunicarse y a la vez de incomunicarse. Cuando pensaba mucho menos, tal vez por inocencia o incluso por inconsciencia, y no me planteaba cosas como
qué es lo que espero de los demás. En el fondo es tan fácil que resulta extraño, pero bastaría con que de algún modo sintiera que no soy constantemente para los demás menos de lo que ellos son para mí. Querría volver a cuando no sabía lo que significaba la palabra reciprocidad, ni me importaba conocerla. A cuando dar o pedir un trozo de bocadillo no requería nada a cambio. A cuando era capaz de regalar una flor sin esperar a cambio un beso.
Creo que era más o menos por cuando aún dejaba los zapatos frente a la terraza para que los Reyes pusieran a su lado los regalos, y me iba a la cama a soñar que los veía.
Recuerdo más hermosa la amistad de aquella época...