nieve en la mirada

Se le ha llenado el pelo de canas como si fuera un manto de nieve. Creo que ha envejecido más en estos cinco o seis años de lo que lo hizo en los otros ochenta y tantos. Ahora está en una silla de ruedas porque le cuesta demasiado estar de pie. A veces ya no reconoce a quienes le rodean. Pero el día de Navidad, al ver a mi abuela se le iluminaban los ojos dándole un par de besos a su hermana, con un brillo difícil de explicar o describir en la mirada.
Desde que tiene Alzheimer es prácticamente tan indefenso como el perro del vecino que nos veía comer durante el almuerzo. El mismo que antes de empezar me vio pasar a su lado y lanzó un gemido sacudiendo la cadena que lo aprisionaba a la puerta de un patio trasero. Atrapado en medio de cientos de metros de campo a su alrededor que ahora no podía recorrer. Siempre me ha fascinado la capacidad que tienen ciertos animales, similar a la de los niños, de traspasar las barreras de las apariencias con su mirada. A veces creo que no te miran por lo que pareces sino por lo que eres, por como tú los miras a ellos. Cuando las personas crecemos, tendemos a perder esa rara habilidad que tenemos desde casi recién nacidos: la capacidad de asombro, de ilusión, de inexplicable atención ante un simple gesto que demuestre un leve interés por parte de cualquier otra persona.
Y era ese rastro de brillo tan fácil de reconocer como difícil de encontrar el mismo que había visto un rato antes en otros ojos. Así que cuando tuve un pedazo de pan en las manos le agradecí su mirada al perro lanzándoselo cerca para que él también pudiera comer algo. Y robé algunos picos y un par de pedazos de pan sobrantes cuando la mesa ya se había recogido, para llevárselos antes de marcharme. Y él se despidió mirándome con unos ojos de agradecimiento casi imposibles de no ser reconocidos.
Cuando después mi tío-abuelo me hablaba señalando unas vigas en la casa vecina, restos de lo que una vez fue construido y ahora casi derribado, pude ver ese mismo brillo de los niños pequeños en sus ojos. Me decía que mirara cómo estaba nevando sobre los tejados. Cualquiera podría ver que allí enfrente no había tejados sino sólo vigas sin cemento, y también saber que aquí la nieve sólo puede ser un sueño o un recuerdo resbaladizo en la memoria. Pero yo tan sólo supe mirar en su dirección, y decirle que "sí, hacía ya mucho tiempo que no nevaba así..."
Y él, que ya tenía la nieve en sus ojos, añadió entonces a su rostro una sonrisa.
*Felices fiestas y próspero año nuevo a todos.
Ojalá que nos traiga un poco del brillo perdido a la mirada...